sábado, 2 de febrero de 2013

Crónicas beisboleras: El más cubano de los deportes


Por: Alfredo García Pimentel

Dos líneas, tres bases, tierra, verde inmenso y hombres dispuestos: tenga eso y tendrá usted béisbol. Dos trazos que se crucen en un lugar extrañamente llamado HOGAR, que marquen los límites del juego sin poner cota a la pasión; una medialuna, un diamante: sume usted… y tendrá béisbol, no el más universal, pero sí el más cubano de los deportes.

Dicen los que saben que llegó a Cuba en las maletas de jóvenes estudiantes que regresaban de los Estados Unidos. Era un deporte extraño: una pelota, no mayor que una naranja; un madero en forma de barquillo, palabras que casi nadie entendía. Palmar de Junco, 1874, pocos podían afirmar entonces que estaba naciendo una pasión.

Sí, señores, porque desde el principio, la pelota fue en Cuba mucho más que un juego. Sirvió para expresar nuestra rebeldía a España, a su lidia de gallos y a sus corridas de toros. El cubano, poco a poco, se convirtió en pelotero y el béisbol, en reciprocidad, se hizo más cubano.

Así, deporte y vida se enriquecieron mutuamente. Ya no sonaban tan raras las palabras en inglés; el hit, el foul, el strike y el homerun se integraron al lenguaje de cada día, mientras que la agudeza, la picardía, la audacia, la fuerza y la velocidad de los que nacen aquí inundaron los terrenos y patentaron una forma CUBANA de jugar béisbol.

Por eso, pelotero, cada vez que entres a tu estadio y ocupes tu grada, no esperes “90 minutos del deporte más hermoso del mundo”, no esperes que uno ponga el fútbol y otro los goles: tendrás una novela de 9 capítulos, constantes puntos de giro; tendrás una forma de ver la vida en la que nada puede darse por sentado y en la que siempre gana quien mejor lo hace. Verás, no el más universal, pero sí el más cubano de los deportes.

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